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Deterioro - Degradación

Degradación


La naturaleza de nuestro verdadero ser es incomprensible e inalcan­zable desde una perspectiva cotidiana, permaneciendo habi­tualmente oculta tras la artificiosidad concep­tual que cubre nuestra percepción habitual. Al contemplar la cualidad de esta artificiosidad, descubrimos que ha sido construida para negar una des­honrada posición subyacente. 

La perspectiva interior, que nos permite percibir esta ocultación, permanecerá in­accesible, mientras pretenda ser alcanzada desde una concepción egocéntrica.  Debemos considerar que esta estructura conceptual ha sido construida como el mecanismo de supervi­vencia de una entidad falsa, tan artificial como el entorno frente al que se ha creado. 

En este escenario, inherentemente fraudulento, comienza a suceder un complejo proceso metamórfico. Un proceso que finalmente acaba robándonos aquella visión mágica de la vida que trajimos a este mundo y (debido a esto) oscu­reciendo nuestra con­ciencia.  

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A partir de este desarraigo, la conciencia comenzará a zambullirse, gradual y subyacentemente, en la desesperanza. Una desesperanza que será cubierta conceptualmente con expectativas y temores incesantes. 

La inconsciencia genera desesperanza y la deses­peranza genera inconsciencia. Desde esta inconsciencia emerge una justificada victimización, que acabará influyendo (de una u otra forma) en nuestra conceptualización de la realidad. 

Este encubrimiento, que provee la inconsciencia, oculta una subyacente sensación de humillación, cubierta por disimuladas capas de orgullo, desde donde, regular­mente, se proyectarán el enfado y el temor contra la adversidad. 

La dificultad para resolver este sufrimiento irá aumentando, en la medida que su repetición en el tiempo vaya consolidando los hábitos emocionales que lo generan. Estos hábitos, cuando son empujados por la inercia creada, se hacen incontrolables, impidiendo todo discernimiento que pudiese mostrar el abismo que separa a la conciencia de su origen. 

Cuando las condiciones negativas han madurado (bajo las capas superpuestas de erróneas acciones y reacciones) bulle un continuo desasosiego. Este desasosiego movilizará una actividad incesante de pensamientos y elucubraciones, con la pretensión de sostener un ensoñado marco de autosugestión. Sólo desde esta sugestión, se hará creíble lo que es objetivamente inverosímil. 

Atrevámonos a descubrir cómo (cuando el devenir ha sido señalado como responsable del sufrimiento) la victimizada posición que se adquiere implicará un repro­che implícito hacia la vida y hacia los demás. Este reproche justificará una actitud potencialmente agresiva, que pervertirá el carácter de la persona. Ésta, se auto percibirá como víctima inocente de la adversidad, impidiendo así cualquier discernimiento objetivo de sus propios actos.

Este enfado (subyacente, incluso) al estar dirigido hacia el entorno o hacia el propio sujeto, le impide a la persona discernir sobre lo que realmente siente. Desde esa posición, la conciencia construirá una personalidad (elegida entre las opciones ofrecidas por el entorno) desde donde negará la hondura de su conflicto. Un conflicto que obliga al sujeto a respaldarse en un marco cómplice, desde donde construirá una ficción (compartida) con la que se defenderá de la verdad temida.

 Una vez construida esta personalidad, el indi­viduo comienza a sentir rechazo a la Verdad. Al igual que alguien que se ocultase en la oscuri­dad, temeroso de un castigo, vería a la luz como un peligro. 

En este proceso mencionado, todos los actos dañinos, que realice la víctima auto asignada, quedarían justificados ante un altar, demente, eri­gido al engaño. En este altar (consagrado al dios de la apariencia) es donde la entidad se refugia y donde se imagina a sí misma martirizada por las injusticias de la Vida. 

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Mientras este proceso degradativo sucede, los pensamientos se ocupan de construir y mantener, con­ceptualmente, una imagen bienintencionada del sí mismo. La imagen de una víctima inocente, injus­tamente tratada por el Devenir.  

De esta forma es negada, a la conciencia, la malicia y la astucia con la que se llevan a cabo acciones con intenciones depredativas. Quedando así justificada cual­quier crueldad que la victimizada personalidad realice.

Para legitimar la rabia (que le motiva a ejecutar crueldad) la conciencia victimizada recurre a la imaginada creencia de que el daño, que ésta provoca a los demás, es mucho menor que los infiernos que le causan las injusticias de la Vida. De esta forma, esta entidad ficticia (que usurpa la verdadera naturalidad del Ser) inicia una metamorfosis degenerativa.

 Este proceso lleva a la conciencia a unirse a una fuerza ancestralmente opuesta y enfrentada a lo Sagrado. Esta fuerza degradativa ha sido designada mitológicamente, por nuestras tradiciones, como el Diablo.  

Y así, arrastrado por este torbellino y cubriendo de capas de engaño este insondable drama, se acrecienta la incons­ciencia y la irresponsabilidad existencial. Un drama que aguardará, hasta el día en que se baje el telón, de esta interpretación onírica, tras la que el engaño pretende esconderse inútilmente de la Verdad.

 Ésta sería la génesis y el desarrollo, sinteti­zado, de la degradación de la conciencia, hasta des­embocar en el vientre del Demiurgo, desde donde es imposible ver el rostro del engullidor. Un proceso descrito por nuestras an­cestrales raíces culturales. Unas raíces que han sido negadas y cortadas por las inercias de la codicia, que hoy seduce a las conciencias.
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Marsias Yana

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